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SUS PERSONAJES: PORT DOUGLAS

Por Ariel Avilez

“Yo viajé durante treinta y dos años. He hecho, por ejemplo, el famoso viaje en tren de Londres a Hong Kong, cruzando toda Europa, Rusia, Mongolia -yo no sabía que Mongolia existía, y ahí estaba-, crucé toda China, llegué a Hong Kong, de ahí me fui a Macao; después me fui a Australia, viví varios años en Australia...”

Robin Wood (1)

Lo que acaban de leer, es ni más ni menos que el itinerario del viaje de Kelly en una de las series más frescas de Robin: “Port Douglas”. Pero como es de suponer, la cosa no se limita a la fría descripción más o menos apasionada de unos paseos por ciudades y paisajes poco frecuentados. La aventura, el humor, el romance y una sutil invitación al redescubrimiento de aquello que realmente somos es lo realmente atractivo de esta serie.
A lo largo de veintiséis brillantes episodios, nuestro guionista de cabecera y el maestro Gerardo Canelo –el célebre dibujante de “Alan Braddock” y “Rocky Keegan” entre tantos otros- ponen todo su oficio combinado para redondear una historieta memorable.
Publicada íntegramente en la revista Fantasía a partir del Anuario nº 34 de febrero de 1991, esta joyita acompañó a los seguidores de la publicación a lo largo de casi cinco años, poco tiempo antes de que la Editorial Columba comenzara a naufragar...

Gris de ausencia
John Kelly es un triste hombretón que está a punto de cruzar la barrera que limita los veinte con los treinta. Algo soñador y nostálgico, trabaja como empleado bancario desde hace más de ocho años. Vive en Londres cargando con un apellido irlandés; alquila un cuartucho barato en las afueras. Como casi todos, odia a su jefe –el sentimiento es mutuo- y acaba de ser abandonado por su novia –compañera de laburo-, que ha decidido que no hay futuro al lado de un hombre sin futuro, pero sí al lado de alguien que la atrae menos pero que gana más...
Un sábado a la noche, sin embargo, un acontecimiento inusual cambiará radicalmente el rumbo de su vida: instintivamente, decide ayudar a un extraño anciano que está a punto de ser apaleado por un trío de matones. Kelly y Robert Olsen –que así se llama el anciano- no tardan en hacer buenas migas y es durante una charla que nuestro protagonista escucha por primera vez hablar de Port Douglas, un lugar paradisíaco ubicado en la costa noreste de Australia. De allí ha venido el viejo marino para reencontrarse veinte años después con su esposa y con su hijo... No sabe, claro, que ambos han muerto al poco tiempo de que él los abandonara para ir a recorrer mundo. Y cuando se entera, todo termina: el corazón le falla, y muere.
Kelly, buen samaritano, se hace cargo del entierro y está aún lamentando la muerte de su reciente amigo cuando recibe la noticia de que el viejo había redactado un testamento en el que lo hacía único heredero de sus bienes en Australia, en principio, una casa y un velero.
En ese momento, Kelly decide mandar al diablo todo y marchar hacia su tierra prometida, hacia su destino, hacia Port Douglas.

Lejos de aquí
Ahora bien, un viaje de treinta mil kilómetros cuesta dinero y Kelly, que acaba de renunciar, no cuenta con más de trescientas libras. Sin embargo la suerte, o mejor dicho LA SUERTE, comienza a sonreírle: una hermosa aunque pérfida mujer malintencionada lo empuja al casino y allí, insólitamente, consigue más de lo necesario para emprender la travesía que decide hacer en tren.
Por intermedio de una agencia de viajes que se encargará de darle a lo largo del trayecto un servicio de excursiones –que siempre se negará a utilizar pues prefiere conocer realmente los lugares que visita- y alojamiento, conoce y entabla una extraña amistad con Eric, su guía, un hombrecillo francamente impresentable, feo, borracho, racista y malhumorado; y también simpatiza rápidamente con Pamela, una pelirroja infartante, de generosa pechuga, con la que, sin embargo, no entablará romance alguno.
Pamela será la única dama en salvarse, vale aclararlo, porque allí donde vaya, el amable Kelly descubrirá que resulta grato a los ojos de las mujeres y no habrá ciudad en la que no termine perdiéndose entre las sábanas de alguna semi-conocida. Claro que esa no será la única constante: tampoco habrá rincón en el cual no se meta en problemas con la mafia, con los tratantes de blancas, con los narcotraficantes y hasta con asesinos seriales. Conocerá también el profundo drama humano de los que, aún viviendo en Europa, no acusan los beneficios de pertenecer al Primer Mundo: los sin-techo, los rezagos de la 2º Guerra y los de la Guerra Fría...
París, Berlín, Polonia, Moscú, Siberia, Mongolia, China... En todas las ciudades dejará amigos –algunos de ellos poco recomendables pero amigos al fin-, amores, gente que lo ama y gente que lo odia; también en más de una casi dejará la vida, aunque ese es uno de los gajes del oficio de todo aventurero hecho y derecho. Pero especialmente dejará en el camino al viejo y gris Kelly para convertirse en uno absolutamente nuevo, un sujeto que ama la vida y sus placeres con furiosa intensidad.
Al llegar a Hong-Kong, fin del recorrido en tren, a pocas horas de su destino final, su amigo Eric muere de un ataque a ese corazón estragado por una vida de excesos. Es el momento, también, de la despedida de Pamela y el momento de enfrentar la realidad del sueño por cumplirse. Tras salvar la vida de la nieta de uno de los líderes criminales más importantes de China, decide prolongar su estadía en Hong-Kong y esperar una señal del destino que lo obligue, finalmente, a ingresar a Port Douglas.

Definitivamente adiós
Los días en Hong-Kong son gratos: vive en un junco y aprende el idioma chino; consigue empleo como guardia de seguridad en un cabaret y comienza a hacerse respetado y querido. Hasta que un día su afición a las mujeres lo lleva a una cárcel tailandesa, acusado injustamente de traficar heroína, delito penado con la muerte. Al borde de la desesperación, el buen Kelly olvida, sin embargo, que tiene amigos realmente pesados: el anciano chino cuya nieta salvara meses atrás le organiza una espectacular fuga y lo embarca, de una vez, hacia Port Douglas.
Y Port Douglas es más de lo que Kelly jamás llegó a imaginar: un paisaje edénico, mujeres, nuevos amigos... ¿La cereza del pastel? Su herencia consiste en una impresionante mansión, un espectacular yate y una cuenta bancaria monumental. El viejo Olsen había resultado ser un acaudalado caballero.
Así termina el viaje de John Kelly, del que no hemos sabido más pero al que no es difícil imaginar feliz y dadivoso. Y siempre en busca de aventuras, por supuesto.

Un par de cosas más

  1. Por algún extraño motivo, en el último episodio de Port Douglas, el marino benefactor de Kelly es llamado erróneamente ‘Morrison’, siendo que desde el primer episodio se lo había presentado como ‘Olsen’.
  2. Algunos de los episodios de la serie se hicieron a partir de guiones-base de Néstor Barron, por aquel entonces colaborador de Robin Wood.
  3. Más o menos del mismo modo, Gerardo Canelo contó con la colaboración en los lápices del peruano Percy Ochoa en los últimos capítulos.
  4. Increíblemente –más teniendo en cuenta que tanto el guionista como el dibujante venían haciendo por separado éxitos dentro de las revistas de Columba-, hasta que comenzaron a hacer “Port Douglas”, la dupla Wood-Canelo sólo se había reunido para hacer un par de historietas unitarias: una cómica acerca del patriarca hebreo Moisés y una adaptación de la versión cinematográfica de Huckleberry Finn de mediados de los ’70.
  5. En Italia, la serie completa fue publicada en un único y gigantesco tomo de trescientas ocho páginas.
  6. La publicación local de “Port Douglas” –vieja costumbre columbera- evitó horrorizar a la patrona tapando con pudorosos y antiestéticos corpiños y bombachones las desnudeces de las damas disfrutadas por el afortunado Kelly. ¡Otra vez será, muchachos!

(1) Robin Wood entrevistado por Diego Accorsi en: http://robinwoodcomics.org/quienesrobinwood/

(Reseña de Ariel Avilez / avilezavilez@yahoo.com.ar)
Agradecemos la generosa colaboración del señor Gerardo Canelo

 
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