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SUS PERSONAJES: KOZAKOVICH & CONNORS

Por Ariel Avilez

El Robin Wood y el Luis García Durán de esta serie (guionista y dibujante, respectivamente) no son los mismos que venían de cosechar aplausos por su legendaria “Aquí la Legión”; la propuesta en Kozakovich & Connors es más madura aún y ambos no dudan en asumir riesgos apostando a otra forma de contar historias: Robin comienza a delegar mayor responsabilidad en el dibujante –evita sus hasta entonces pobladísimos captions -, y García Durán está a la altura de las circunstancias, también apelando a la síntesis en el trazo, pero logrando conmover, hacer reír y sorprender cuando la historieta lo requiere. Son antológicas –dramáticas, desesperantes- las austeras viñetas en las que los protagonistas asisten, impotentes, al feroz asesinato del Zar Nicolás y su familia. Sin dudas hay un antes y un después de Kozakovich & Connors para ambos artistas.
Si bien esta serie fue publicada prácticamente en simultáneo en Argentina e Italia (los 43 episodios se difundieron en El Tony, a partir del Súper Anual 30 de mayo de 1988), el germen de lo que sería esta redondísima aventura – una prueba piloto titulada Kozakovitch & Collins – vio la luz varios años atrás en las tierras del Dante (y la pizza).

Pasado
Kozakovich y Connors se conocieron y comenzaron su sociedad en Palestina, promediando la segunda década del Siglo XX. Y aunque hablaban muy poco de ello, no carecían de pasado...
Maximilian Kozakovich, el gigantesco rubio, nació en Polonia, en el seno de una familia de aristócratas. Tuvo una juventud muy convulsionada e integró los grupos de románticos patriotas que resistieron las sucesivas invasiones de las naciones vecinas. Todo terminó cuando, finalmente, los rusos se hicieron fuertes en Polonia, ejecutaron a su familia y lo enviaron, como castigo, a Siberia; no tardó en escapar, por supuesto. En el exilio, se dedicó al tráfico de armas y prestó servicios como mercenario: trabajó para los ingleses, los franceses, los japoneses y los chinos; fue instructor militar en Persia y luchó codo a codo con el mexicano Pancho Villa. Fue arrestado por los ingleses en Jerusalén y condenado a muerte por dejarse atrapar en medio de turbios negocios. Allí conoció a Connors.

David Michael Connors nació en Australia y se dedicó a la aviación. Al inevitable servicio de la Corona Británica, llegó a obtener el rango de capitán, infinidad de condecoraciones –premio a más de cuarenta y cinco aviones derribados – y una bien ganada fama de héroe de guerra. Todo se vino abajo cuando, tras un desastre estratégico, la Escuadrilla Excalibur a la cual pertenecía fue exterminada en combate; Connors resultó único sobreviviente y buscó refugio en el alcohol y las conductas autodestructivas que lo llevaron a un agujero perdido en Medio Oriente. Allí conoció a Kozakovich.

Presente

Los ingleses le ofrecen el indulto a Kozakovich a cambio de dos difíciles misiones: primero, ocuparse de llevar al Emir Ibrahim El-Hafar a Kermanshah, donde el anciano líder levantará en armas a las tribus disgustadas con Hassan, el líder de ese territorio que, oh sorpresa, cuenta con el apoyo de los franceses; segundo, convencer a Connors –su pericia como piloto es indispensable– de que lo acompañe en la aventura. Ambas empresas son llevadas a cabo con éxito, aunque del modo menos ortodoxo.
De vuelta en Jerusalén, Connors es obligado a renunciar al ejército, así que decide no romper su recién inaugurada sociedad con Kozakovich empleándose como mercenario. Así, el dúo es contratado para trabajos menores, como la apasionante búsqueda de un arqueólogo, pero también, para laburos de mayor envergadura, como cuando Kozakovich es requerido como dinamitero por Lawrence de Arabia, que está acaudillando a los árabes en su lucha contra los turcos.
Pero tal vez su tarea más difícil –tal es así que fracasan en su concreción– es la que los lleva en un viaje contrarreloj a Ekaterimburgo, en medio de la lucha entre bolcheviques y zaristas, a intentar salvar al Zar Nicolás II, prisionero junto a su familia de los rojos. Llegar a la Casa Ipátiev –lugar de reclusión de los nobles en desgracia– tras enfrentar en persona a León Trotsky y a las inclemencias del invierno estepario, no les sirvió para otra cosa que tener platea preferencial en la cruel ejecución de los cautivos.
Detenidos y enviados en tren a San Petersburgo para ser interrogados, Connors inicia un cuaderno de anotaciones de sus aventuras y semblanzas de los personajes destacables que va conociendo. Sabiendo que en la ciudad de destino les espera la tortura y la muerte, Kozakovich toma la decisión de sacrificar su libertad -y casi su vida- a cambio de las de su compañero arrojándolo del tren y cubriendo heroicamente su retirada. Pasarán meses hasta que vuelvan a verse.
Perdido en la estepa, Connors entra en contacto con un grupo de bandoleros cosacos y no tarda en convertirse en su líder, en su atamán, haciendo gala de una astucia que, hasta el momento, tal vez opacada por la de Kozakovich, no había tenido oportunidad de lucir. Lógicamente, parte al rescate de su socio.
Por su parte, Kozakovich es recluido en el cuartel general de la Checa, la policía secreta de los rojos, e interrogado por Felix Dzerzhinsky –el jefe supremo– y hasta por Josef Stalin. Cuando ya está a punto de fallecer a causa de tanta tortura, el gigante rubio protagoniza una magnífica fuga orquestada nada más ni nada menos que por el agradecido Sidney Reilly –Kozakovich le había salvado la vida años atrás,- el legendario espía al servicio de los ingleses, que justamente se halla en la región intentando impedir la expansión del comunismo.
Kozakovich y Connors se reencuentran en Arkángel y nuevamente enfrentan los rigores del invierno estepario mientras intentan ordenar su economía. Hartos de la convulsionada Rusia, los aventureros llegan a Turquía y emprenden una última quijotada: contrariando los deseos del omnipresente Imperio Británico, encabezan un heroico raíd para llevarle armas a Mustafá Kemal, el patriota turco que se ha sublevado al Sultán, títere de los ingleses.

Futuro

Con sus integrantes ricos y ahítos de aventura, la sociedad Kozakovich & Connors se disuelve oficialmente en Port Said, en 1925. Sin embargo, los amigos no tienen ganas de separarse y, tras gastar los caminos de Asia y Europa, deciden probar fortuna en América, en Brasil, atraídos por la posibilidad de sol, morenas y mar. Quién sabe qué les deparará el futuro.

Agradecimientos a Juan Carlos Massa.
(Reseña de Ariel Avilez / avilezavilez@yahoo.com.ar )

 
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