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GILGAMESH, EL INMORTAL

Por Ariel Avilez

Gilgamesh llegó tarde a la historieta –cuatro mil años fueron necesarios -, pero llegó. Pocos ignoran que el personaje protagonizó la primera ficción literaria de la historia de la Humanidad, gracias a la fértil imaginación de los sumerios. A este activísimo pueblo de la antigüedad -que al parecer, sólo le faltó ser el primero en respirar-, se le atribuye la invención de la escritura, la rueda, las escuelas, las ciudades, Gilgamesh...
El Gilgamesh original es un rey atormentado y obsesionado con una meta: la inmortalidad. En su búsqueda, vive las aventuras más insólitas que puedan imaginarse, pero jamás logra su objetivo; descubre, sí, que no importa el destino final sino el camino gastado, bien digerido y bla bla... ¡Hasta en eso fueron pioneros los sumerios! ¿Cuántos libros de autoayuda giran alrededor de ese eje? Pero no fue sino hasta 1969 que un historietista, un artista, Lucho Olivera, decidió que Gilgamesh merecía algo más que conformarse con el recuerdo del disfrute de las experiencias vividas. Con desparpajo y osadía, escribió y dibujó una historieta unitaria contando su historia y otorgándole la inmortalidad. Demás está decir que la idea resultó un éxito y que se decidió darle al personaje serie propia: primero guionada y dibujada por su creador (quien jamás abandonó su trono de dibujante), y más tarde escrita por Sergio Mulko. Fueron seis años de grandes historietas protagonizadas por un personaje de un potencial enorme, infinito... pero esto no lo pudimos comprobar sino hasta que llegó a su vida Robin Wood, autor de los mejores episodios de la saga y tal vez el máximo responsable de su fama imperecedera.
Entre 1980 y 1985, Wood y Lucho Olivera (que estaba en su mejor momento), concretaron más de seis decenas de episodios inolvidables, comenzando la historieta desde cero, y nos legaron una de las obras capitales de la década del ’80. Todos ellos fueron publicados en la revista D’artagnan.

EL GUARDIÁN DEL PUEBLO
Todo empieza (o vuelve a empezar, ya me entenderán) en la Séptima Dimensión: Gilgamesh es uno de los Guardianes del Universo liderados por El Padre de las Estrellas y su misión es mantener el equilibro universal combatiendo a las fuerzas del Mal; corre el rumor que el humano inmortal será el sucesor del Gran Líder. Lógicamente, hay un oportuno imprevisto: el sumerio siente nostalgias de su vieja vida y decide que necesita imperiosamente recuperar sus vivencias humanas, así que retorna a la Tierra –sorteando muchísimas dificultades- y reencarna en sí mismo cuando era niño y príncipe de la ciudad de Uruk.
“El hijo del Rey alguna vez lo sucederá y se transformará en ‘El Guardián del Pueblo’”, solían decirle de pequeño, y vaya que la sentencia cala muy hondo en él. Tras la muerte de su padre, Gilgamesh se convierte en un ser temeroso, obsesionado con la idea de vencer a la muerte ¿En qué cabeza cabe que un Rey, un ser superior, deje de cumplir su misión de guardián por un capricho del Destino? Es un excelente monarca, tiene el mejor ejército, levanta colosales murallas para protegerse y proteger a los suyos, pero parece no tener tiempo para sus cosas cotidianas: ni mujeres ni hijos alegran sus días; a diario lo visitan hechiceros y charlatanes pero ninguno, obviamente, es digno de confianza, nadie puede venderle la inmortalidad.
Tiene cuatro décadas y ya parece resignado; sin embargo, una señal en el cielo –algo parecido a una estrella fugaz- lo lleva a enfrentar su destino: la estrella es una nave proveniente del planeta Marte y en su interior yace agonizante Utnapistim, su tripulante, quien recientemente, hastiado de vivir, opta por dejar de ser inmortal. Ahora, cara a cara con el final de sus días, se arrepiente y pide a Gilgamesh lo asista para poder someterse nuevamente al proceso capaz de volver a acorazarlo contra la muerte. El rey de Uruk acepta brindarle su ayuda, pero por supuesto no puede dejar de aprovechar la oportunidad de pedir a cambio una recompensa acorde: la inmortalidad. Así de fácil.
Pero la vida de Gilgamesh ha cambiado más de lo que él supone: regresa a su Uruk y sigue siendo el sabio buen monarca de siempre... durante siglos. Sus súbditos ya no pueden amarlo, sino envidiarlo; su presencia constante les recuerda minuto a minuto su condición de mortales y les quita las ganas de vivir. La apatía y la dejadez se apoderan del pueblo. Por consejo de su gran amigo, Nippur de Lagash, Gilgamesh abandona su reino para siempre, pero no su vocación de Guardián.

EL GUARDIÁN DE LA HUMANIDAD
Gilgamesh aspira a un mundo perfecto y quiere poner su don al servicio de la Humanidad, pero nada de lo que hace es suficiente porque el hombre parece solazarse en su natural barbarie y tendencia autodestructiva. Desesperado, intenta influenciar a los grandes hombres de la Historia humana: un siglo decide ser consejero de Assurbanipal de Asiria; otro, se pone al servicio del Imperio Romano –presencia apenado la crucifixión de Cristo -; más tarde participa de las Cruzadas; después se convierte en hombre de confianza de Napoleón; pelea en mil guerras que supuestamente impedirán las futuras guerras... Nada puede hacerse.
El fin de la vida en la Tierra, el estallido fatal de una superbomba de cobalto, lo encuentra en un refugio atómico. Harto, decide viajar al espacio, buscar a Utnapistim –el marciano que lo dotó de inmortalidad- y solicitar el retorno de su condición de mortal. Sin embargo, en Cabo Cañaveral encuentra la razón de su vida: niños en estado de hibernación a la espera de ser trasladados a algún planeta habitable.
Tras cientos de años de exploración espacial en los que pasa de todo –en cierto momento el Inmortal hasta pierde su cordura-, Gilgamesh encuentra un inmenso planeta al que bautiza “Sumer” y en el cual deposita su preciosa carga que, rápidamente, crece y se reproduce bajo su tutela. Nuevos conflictos surgen aquí: sus hijos adoptivos parecen ser el germen de una humanidad capaz de superar las falencias de su predecesora, pero no son más que humanos conscientes de su finitud y, aunque respetan y aman al Inmortal, no pueden evitar envidiarlo y cuestionar su condición patriarcal sobreprotectora; es difícil desarrollarse bajo la sombra de tamaño hombre-mito. Gilgamesh así lo entiende y decide apartarse de los suyos llamado por una misión superior: por accidente, descubre que el Imperio de los Xhaguar –una belicosa especie alienígena- está en expansión y que “Sumer” está entre sus pretensiones. Lógicamente, el Guardián no puede permitirlo.

EL GUARDIÁN DEL UNIVERSO
Diez episodios en tiempo real son los que le llevan a Gilgamesh desatar y ganar LA GUERRA UNIVERSAL. El inminente peligro que representan para su “Sumer” las conquistas del recién descubierto enemigo, lo lleva a levantar a cientos de planetas de la galaxia –aparentemente indefensos- en contra del feroz Imperio de los Xhaguar que, para colmo de males, tiene como aliados a los Primordiales, seres de extrema maldad que alguna vez estuvieron a punto de apoderarse de la Tierra pero fueron detenidos por un tal Or-Grund.
La guerra es larga y feroz –la violencia, la ambición, el valor y otras yerbas, descubre el inmortal, no son patrimonio exclusivo de la humanidad- y a veces debe cuidarse tanto de sus amigos como de sus enemigos, pero lograr la libertad de tantos planetas sometidos parecen justificarla. Curiosamente, una de las batallas decisivas es ganada gracias a la providencial intervención de un viejo conocido de Gilgamesh, Utnapistim, quien una vez más ha renunciado a la inmortalidad y se inmola para destruir la última superfortaleza de los Xhaguar.
Finalizada la guerra, y siguiendo sugerencias del difunto marciano, Gilgamesh viaja a Marte y se reencuentra –aunque desconoce que se trata de un reencuentro- con el Padre de las Estrellas. Le ha llegado la hora de volver a ocupar su lugar de Guardián del Universo.

UN PAR DE COSAS MÁS

  1. El primer acercamiento de Robin Wood a Gilgamesh, en realidad, se produjo a principios de los ’70, dentro de las páginas de su “Nippur de Lagash”, en el episodio titulado “Yo vi a Gilgamesh buscando su muerte”. Aunque el encuentro queda fuera de la continuidad oficial de la serie, es una historieta memorable que inauguró una saludable costumbre woodiana: los crossovers entre personajes de sus series.
  2. Como no podía ser de otra manera, Nippur devolvió la visita al inmortal –esta vez de forma oficial- en el capítulo titulado “La resurrección de Uruk”. Curiosamente, el reencuentro se produjo en 1980, diez años después de publicado aquel glorioso episodio de Nippur; las páginas finales son, evidentemente, un autohomenaje al encuentro de 1970.
  3. Or-Grund también protagoniza una escena, un cameo, dentro de la serie de Gilgamesh en el episodio “Atlantis” de 1981. Allí Gilgamesh oye hablar por primera vez de los Primordiales –luego los enfrentará en el espacio, en la Guerra Universal- y se entera de que es descendiente directo del bárbaro creado por Robin Wood y Ricardo Villagrán.
  4. La primera indispensable veintena de episodios del período Wood/Olivera fue recopilada en dos libros de la Colección Clásicos de Columba a mediados de la década del ’90. Conseguirlos y atesorarlos es deber ineludible de todo amante de la buena historieta.

(Reseña de Ariel Avilez / avilezavilez@yahoo.com.ar)

 
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