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MUNDO WOOD

Robin Wood: Nunca creé superhéroes; me gusta la humanidad

Por Osvaldo Zayas · Marzo 25, 2010

Se sienta a la mesa, toma un bolígrafo y escribe. Piensa en las primeras diez palabras, «el resto fluye», asegura. En la sala de su casa, rodeado por pinturas originales de sus más importantes creaciones, Robin Wood habla sobre su trabajo y vida, la cual transcurre entre Copenhague, Barcelona, Buenos Aires y Asunción.

Es uno de los más grandes guionistas que tiene la historia. San Cosme, distrito del departamento de Caazapá, lo vio nacer. Su pueblo le ha dado todo tipo de honores. Asegura haber sido suficientemente valorado. A pesar de ello, comenta que no faltan periodistas despistados que lo llaman «caricaturista».

Con un perfil siempre bajo, Wood vive alejado de los círculos intelectuales de paraguay. No va a muchas reuniones. No hace mucho de nada, excepto trabajar, correr en el parque y nada más.

Hay gente que dice que un cómic lo escribe cualquiera. Robin admite que es muy difícil. El texto es el dibujo y es la guía de ensamble. Hay como diez buenos guionistas en el mundo, entre los que se incluye. Ante esto se pregunta por qué no hay hordas de guionistas si es tan sencillo el asunto.

Compara su oficio con el de la creación en teatro, en cine, y va más allá. Asegura haber podido escribir obras de teatro y cine por su trabajo en historietas, ya que esta le da la visualización necesaria para crear. En cada cuadro, además del texto, se debe tener clara la imagen.

Recordó lo que había dicho alguna vez en televisión el creador de «Batman», Bob Kane: el comic es un arte que usa todos los niveles del cerebro. Wood tiene la suerte, según el mismo, de que esto le es muy fácil.

El cómic en Paraguay

Para el escritor caazapeño faltan dos cosas para que la historieta surja en Paraguay: que la gente pueda acceder a libros y que los paraguayos lean. La lectura le dio todo lo que tiene. Con convicción profunda asegura que leer te mejora, te activa, te hace ver cosas y te hace pensar.

Reflexiona y sostiene que el paraguayo no lee y mucha gente no se puede permitir siquiera comprar un diario. «La única manera de escapar de la mediocridad es leer, por lo menos es la manera como yo escapé», dice.

Ya es casi leyenda la historia de que Wood, luego de perder una jornada de trabajo, sin un peso en el bolsillo, se topa con una historia suya, dibujada por Lucho Olivera, en un kiosco de las calles de Buenos Aires. Era el nacimiento de Nippur y el de un maestro del cómic.

Su formación no sobrepasa la básica. Fue seis años a la escuela; luego al trabajo. Tuvo mil oficios: fue vendedor, camionero…, después trotamundos y aventurero. Su obra no está vinculada a ningún tipo de círculo intelectual. Al decir suyo, eso también ayudó a que su creación le llegara a la gente.

Ha llegado a lo más alto en la historieta. Ganó el Yellow Kid y creó cerca de 90 personajes. Sobran los adjetivos a su obra. En Italia hay clubes sobre Amanda, que es considerada una diva. Nippur sigue en la mente de sus seguidores y en sus aventuras; es más que un ídolo. Hiras, su hijo también tiene su lugar, al igual que Pepe Sánchez, Dago, El cosaco, Gilgamesh, y muchos otros.

En cierta ocasión, estando el guionista paraguayo en Roma, se le acercó el Ministro de
Cultura de Italia y le dijo: «Él es mi hijo. ¿Sabes como se llama?» «No», le respondió. El funcionario se apresuró en contarle: «Se llama Hiras» (hijo de Nippur). «He conocido a Gilgamesh, Jackaroe y Nippur. Incluso una mujer me dijo que tenía un perro al que le había puesto Robin, en mi honor», menciona entre risas.

El éxito de Wood fue tanto que llegó a escribir en las cuatro grandes publicaciones de
la extinta editorial Columba: El Tony, Intervalo, Fantasía y D’Artagnan. Además se vio obligado a usar diversos pseudónimos para no acaparar las publicaciones. Así se convirtió en varios guionistas: Mateo Fussari, Robert O’Neill, Noel McLeod, Roberto Monti, Joe Trigger, Carlos Ruiz, Rubén Amézaga y Cristina Rudlinger.

Columba cerró, comenta Robin mientras es inevitable mirar los dibujos originales de La legión, Dax o El cosaco, que llenan su casa. Un día fue al local de la empresa quebrada y encontró los dibujos. «¿Qué van a hacer con esto?», preguntó. «Los quemaremos, ya que no tenemos donde guardarlos», le respondieron. Era una locura, pues la editorial le debía mucho dinero. Por eso él propuso llevarse los materiales a cambio de una parte de la deuda.

Otros creadores y grandes influencias

«¡Que lo parió Mendieta!» responde el escritor al nombrar a su personaje favorito. Leyó y lee a todos los creadores latinoamericanos. Además los conoce. Espera trabajar con Milo Manara e incursionar en historias más «calientes». Así se sacan una buena calentura los dos: «él por lo pornográfico y yo por lo mujeriego», bromea. Hay mucha gente con la que le gustaría desarrollar su labor. Se siente muy cómodo con Roberto Goiriz, en Paraguay, quien es el dibujante que ilustra las tiras de Hiras.

A qué guionista admira Robin Wood es una pregunta infaltable para un artista de su talla. No duda en responder: Héctor Germán Oesterheld, desaparecido por la dictadura militar argentina, en la década del 70. Fue el creador de obras como: El Eternauta, Mort Cinder, Sherlock Time, Ernie Pike y Sargento Kirk.

Al decir de Robin, Oesterheld fue el primer gran guionista. El que rompió los esquemas. Quien creó personajes humanos, con flaquezas y demás. Durante la represión en Argentina él y sus cuatro hijas fueron capturados y ejecutados. El artista argentino se unió a los Montoneros en tiempos de la dictadura militar. Fue jefe de prensa de la guerrilla. Su obra es muy importante para Wood, según expresa.

«Todos favoritos»

El guionista, nacido en una colonia fundada por irlandeses y escoceses, reconoce, entre «sus pocas» virtudes tener una memoria monstruosa. «Recuerdo todo lo que leo, y cuando lo necesito, lo quito y lo uso».

Sus personajes son como sus hijos. «Son todos favoritos, porque en el momento en que creás un personaje, te deleita, te encanta, te metés en él. Después, como ya llevo hecho más de 90, no puedo continuarlos… Algunos se van quedando. Pero en el momento de crearlo es lo máximo».

Cuando surgen nuevos personajes, algunos dejan de salir. Se hace una selección. Dejó de escribir las aventuras de Nippur cuando ya llevaba 450 historietas. Suficiente para el autor. En otras oportunidades abandona la historia porque el dibujante no capta el personaje.

Si bien en Estados Unidos se producen toneladas de historietas, y Robin es un prolífico creador de cómic, confiesa que el mercado norteamericano no le atrae mucho. Trabajó para ellos durante dos años, hasta que se convenció de que eran unos «encasillados».

Si en Estados Unidos un producto funciona, los yanquis lo usan hasta agotarlo. En el tiempo en que Wood escribió para ellos debió hacerlo según unos parámetros que jamás variaban y que eran muy cuadrados. Le mandaban las indicaciones que indicaban cómo debían ser los cuadros y los guiones.

Quizá la diferencia más radical entre lo que produce Robin y el mercado estadounidense es que las historietas norteamericanas están copadas por los superhéroes. Allí, «no hay humanidad. Eso no me divierte. Nunca creé superhéroes. Llegué hasta Dax, que era telequinético y podía predecir cosas. Me gusta la humanidad de los personajes», refiere.

Lector eternamente hambriento y escritor infatigable, Robin sigue creando nuevas historias, personajes que viven, sufren, aman y mueren, como los que existen y persisten. Su ejército lo sigue fielmente, así como todos los que le agradecemos haber hecho al mundo un poco más divertido.

 
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